Anna Netrebko en el Teatro Real
El Teatro Real vivió una de esas veladas excepcionales que confirman por qué Anna Netrebko ocupa un lugar indiscutible entre las grandes divas de nuestro tiempo. La soprano rusa ofreció un recital ambicioso, generoso y de una extraordinaria diversidad, concebido no como una simple sucesión de piezas, sino como un recorrido por los distintos territorios expresivos que han definido su carrera.
Desde su primera aparición en Madrid con Los esponsales en el monasterio, de Prokófiev, Netrebko ha protagonizado una de las evoluciones vocales más fascinantes de las últimas décadas. Su instrumento, siempre reconocible por la riqueza y sensualidad del timbre, ha ganado cuerpo, amplitud y densidad dramática sin perder la capacidad para recoger el sonido, dibujar medias voces y construir frases de una delicadeza casi instrumental.
Lejos de mostrarse incómoda o necesitada de calentamiento, Netrebko tomó posesión del escenario desde los primeros compases. La voz apareció firme, caudalosa y admirablemente proyectada, con esa rara capacidad para llenar la sala sin recurrir jamás a la estridencia. La emisión conservó estabilidad y homogeneidad en los distintos registros, mientras la artista administraba el instrumento con inteligencia, sin exhibicionismos innecesarios y siempre al servicio de la música.
Uno de los grandes momentos de la noche llegó con el aria final de Adriana Lecouvreur, de Cilea. Netrebko ofreció una interpretación de enorme intensidad, coronada por unos filados suspendidos y bellísimos. No hubo en ellos mero virtuosismo, sino una verdadera construcción dramática: el sonido parecía extinguirse al mismo tiempo que el personaje. Igualmente admirable fue Cäcilie, de Richard Strauss, resuelta con un único y expansivo arco de frase, una respiración soberana y una exaltación luminosa perfectamente controlada.
El bloque ruso permitió adentrarse en el territorio más íntimo y personal de la cantante. En las canciones de Rajmáninov, Netrebko desplegó un fraseo lleno de matices, una dicción expresiva y una profundidad emocional que trascendía la literalidad de las palabras. Cada canción adquirió el carácter de una pequeña escena dramática. En la escena final de La doncella de nieve, de Rimski-Kórsakov, combinó inocencia, lirismo y una creciente intensidad hasta alcanzar un desenlace de enorme poder evocador.
También resultó espléndida en el aria de Louise, de Charpentier. La sensualidad del idioma francés encontró en su voz una aliada privilegiada. Netrebko supo recrear el despertar emocional del personaje con una línea amplia, flexible y cargada de intención, demostrando que su personalidad artística puede imponerse en repertorios muy distintos sin desdibujar sus respectivos estilos.
El célebre "Dúo de las flores" de Lakmé, de Delibes, interpretado junto a Elena Maximova, fue uno de los momentos de mayor delicadeza de la velada. Ambas artistas lograron una conjunción cálida y equilibrada, basada precisamente en el contraste de sus instrumentos: la luminosidad envolvente de Netrebko encontró un contrapunto sugerente en el color más oscuro de Maximova. El resultado desprendió intimidad, elegancia y una atmósfera de verdadero encantamiento.
En la segunda parte, las páginas de Chaikovski confirmaron la extraordinaria afinidad de Netrebko con este repertorio. El romance El sol se ha ocultado alcanzó una hondura sobrecogedora. La soprano no necesitó recurrir a grandes gestos: le bastaron la riqueza de las inflexiones, el dominio del color y una comunicación directa con el público para convertir la pieza en una confesión emocional.
Uno de los desafíos más reveladores fue "Oh! quante volte", de I Capuleti e i Montecchi, de Bellini. La desnudez de la escritura belliniana exige una técnica sin refugios, y Netrebko la afrontó con valentía y autoridad. La línea se sostuvo con nobleza, los reguladores fueron cuidadosamente trazados y el legato permitió escuchar no solo la experiencia de una gran cantante, sino también su voluntad de seguir explorando los límites de su instrumento. Fue una Giulietta madura, vulnerable y profundamente humana.
La Csárdás de La princesa gitana, de Kálmán, y Il bacio, de Arditi, aportaron el brillo y la efervescencia necesarios para culminar el programa. Netrebko se mostró desenvuelta, carismática y dueña absoluta de la escena. Estas páginas, lejos de resultar menores, revelaron otra faceta esencial de su personalidad: la capacidad para disfrutar, jugar con el público y convertir el virtuosismo en celebración.
El programa fue extenso, sí, pero esa generosidad debe entenderse como una muestra de respeto hacia los espectadores. Su variedad estilística permitió contemplar las múltiples dimensiones de una artista que se resiste a quedar encerrada en una única categoría. Canción, ópera, opereta y páginas de salón convivieron en un recital concebido como un gran retrato musical.
Entre las propinas, "Aprite, presto, aprite", de Le nozze di Figaro, mostró a una Netrebko divertida, teatral y espontánea. Más que pretender reproducir la ligereza de una joven Susanna, la soprano convirtió el fragmento en un delicioso juego escénico, celebrado con entusiasmo por la sala. La despedida con Non ti scordar di me, interpretada por los cuatro artistas, puso el broche emotivo y cercano a una noche de auténtica comunión con el público.
Elena Maximova fue una colaboradora sólida y expresiva, con un timbre oscuro que complementó eficazmente el instrumento de Netrebko. El violinista Kurt Mitterfellner destacó por la belleza de su sonido, el lirismo de sus arcos y la sensibilidad desplegada especialmente en Morgen, de Strauss. Pavel Nevolsin, por su parte, fue mucho más que un acompañante: construyó con cada intérprete un diálogo atento y flexible, y brilló también en sus intervenciones solistas gracias a una pulsación refinada y a un admirable sentido del color.
Anna Netrebko no ofreció simplemente un recital: reafirmó su condición de artista irrepetible. La voz conserva riqueza, volumen y una paleta expresiva excepcional, pero es su magnetismo, su inteligencia musical y su capacidad para transformar cada página en una experiencia teatral lo que continúa situándola por encima de cualquier consideración puramente técnica. El Teatro Real no asistió a una noche irregular, sino a la demostración de una cantante en plena posesión de su personalidad artística: libre, generosa, valiente y absolutamente fascinante.













